Y como prometido, aquí van los cuentos de este fin de semana:
"EL LECTOR"
El mercado Tirso de Molina es una locura a esa hora. Cientos de personas pasando, gritando, llevando carros, bolsas, carretillas llenas de frutas y verduras. A veces hay grupos cantando, haciendo discurso, homenajes a la Virgen del Carmen, grupos de turistas atentos y curiosos. De arriba vienen los gritos de los empleados de las cocinerías que anuncian sus menús a voz en cuello, tratando de seducir a los que pasan. Hay perros echados al frescor de los corredores, otros ladrando, niños corriendo y gritando, madres nerviosas, maridos cansados y aburridos, cantantes callejeros, olor a cilantro, a apio, a pescado frito y pollo asado. Tallas y desafíos entre los locatarios, carcajadas, pregones, el rumor feroz de la calle colándose por las paredes de ladrillos, palomas siempre hambrientas, gatos escurridizos... Y él está allí, sentado en uno de los bancos que rodean el pilar de cemento, cabeza gacha, mirada absorta, inmóvil. Un hombre viejo, mal vestido, con una bolsa parchada y sucia a su lado, zapatos agujereados, cabello engominado y gris, rostro fino, fláccido, mal afeitado. El mundo enloquece a su alrededor y él lee. Sostiene un viejo libro, cuyas páginas están sueltas y amarillentas, con la capa gastada y obscurecida. Parece una mariposa queriendo escapar de entre sus dedos huesudos, pero él lo sostiene con fuerza, con cariño, con gratitud. Nada existe para él fuera las palabras impresas en el papel que una vez fuera blanco. Se deleita, da vuelta cada hoja con respeto, con expectación, como si fueran algo sagrado... Este hombre puede no ser nada en esta vida, pero sí es un lector.
"LA PROMESA"
Eso era lo único que tenía, la única certeza, la promesa de cada día: su tenedor de plástico negro. Lo recogió de la mesa en la terraza de una cafetería después que los clientes se fueron y antes de que el garzón viniera a limpiarla. Todavía tenía pegados unos pedacitos de pastel y olía a frambuesa y crema. Con un rápido ademán, lo agarró con fuerza y se lo metió al bolsillo, alejándose rápidamente por la calle, sintiendo, por alguna razón desconocida, que había encontrado un pequeño y valioso tesoro... Al día siguiente, su aventura por las puertas traseras de las fuentes de soda y restaurantes fue afortunada: le rindió un generoso plato de tallarines con pollo, unas rodajas de tomate y palta, papas fritas medio grasosas y un cucharón de cazuela del fondo de la olla. Estrenó su tenedor con una sonrisa brillante de felicidad, sintiendo que éste le había traído suerte. Cuando terminó, lo limpió cuidadosamente con una servilleta y se lo guardó nuevamente en el bolsillo. Y los días siguientes también fueron buenos. Los dueños de los locales y los empleados se mostraban excepcionalmente generosos y hasta un juguito o una bebida le regalaron... Definitivamente, ese tenedor tenía algún poder. ¿Será que lo volvía más simpático ante las personas? ¿Les provocaba más compasión? ¿Les despertaba la generosidad? No lo sabía a ciencia cierta, pero no estaba dispuesto a quebrar ese encanto deshaciéndose de él. Pensó en agregarle una cuchara, pero temió que de alguna forma el tenedor se "ofendiera" y dejara de darle suerte. Entonces, todo lo que era líquido simplemente lo sorbía, dejándole la exclusividad del uso al tenedor negro.
Todos los días en la mañana, al despertar, lo primero que hacía era revisar debajo del cajón al lado del colchón donde dormía para verificar si el cubierto seguía allí, y cuando sus dedos rozaban el plástico flexible y ya medio gastado, una onda de alivio y optimismo lo recorría, porque la promesa seguía valiendo. Ese sería otro día bueno.
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