Y todavía aprovechando la tranquilidad, el sol esplendoroso y el vientecito, me siento para postear el cuento de esta semana, volviendo a la publicación de fin de semana...
PELEA DE PERROS
Se conocieron en una pelea de perros. Los de ellos mismos: La "Buba" y la "Cata", que se cruzaron en la calle y se odiaron inmediatamente. La "Buba", una perrita ya de edad, de raza, largos pelos café, y una coqueta chasquilla. La "Cata", una quiltrita con un ojo negro y el otro blanco, patas cortas, pelaje revuelto. El dueño de la "Buba", un gringo de ojillos azules y una barba ya blanca, piel pálida y un sombrerito de explorador, con bermuda y una camisa a cuadros. La dueña de la "Cata", una señora esbelta y sonriente, de cabello cortito y andar decidido... Y entre apartar a las perras y sujetarlas para que no se mataran, cruzaron un silencioso saludo. Algunos días se encontraban y se sonreían mutuamente, jalando con fuerza la correa de sus animales. A veces pasaban varios días y no se veían, pero poco a poco fueron aumentando las sonrisas y agregaron algunas palabras, pero como él era gringo y la dueña de la "Cata" no sabía mucho inglés, la conversación no duraba mucho, fuera que las perras ya se ponían a ladrar y a querer tirarse una encima de la otra. Pero parece que el gringo empezó a hacer algún curso y de repente le hablaba a la señora en un español bien decente y ella trataba de contestarle en un inglés bastante aceptable también.
Así, día tras día, en cada encuentro, fueron conociéndose mejor, preguntando direcciones entre ladridos, gruñidos y embestidas de sus mascotas, intercambiaron teléfonos y después de más algunos meses, de repente pareció que las perras se cansaron de ladrarse y querer matarse y sólo se olisqueaban de lejos. Era lo máximo que podían esperar de ellas. Al final, eran absolutamente diferentes, así como sus dueños, entonces los obligaban a mantener distancia bajo la amenaza de un verdadero escándalo.
Han pasado dos años y el gringo con la señora siguen hablándose de lejos, aunque el gringo se muere de ganas de invitar a la señora a tomarse un café y ella se pinta los labios y se pone una ropa bonita por si se lo encuentra... Pero las perras continúan odiándose y así, el hombre no consigue acercarse a la señora para convidarla a salir. Parece que los animales impusieron una especie de límite físico y sus dueños se sienten obligados a respetarlo... De repente, cuando una de las perras se muera...
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