Hoy día ya no está ese cielo azul de ayer, pero el sol calienta agradablemente los huesos, entonces, la inspiración continúa viva y bien dispuesta. Por eso, como les prometí ayer, aquí van dos cuentos nuevos. Espero que aprovechen el feriado para sentarse a leerlos y disfrutarlos.
EL PINTOR
Era la primera cosa que Joaquín veía cuando abría los ojos, y también cuando los cerraba: el rostro de la Emilia. La conocía hacía años, era una de las chicas del coro de la banda en la que tocaba la guitarra los fines de semana. El resto de los días se iba al paseo Huérfanos y pintaba. Tenía su lugar al lado de un edificio público, un rinconcito sombreado, espacioso y cerca de un baño público, que mantenía escrupulosamente limpio... Era un artista ecléctico, porque le hacía a todo un poco: bailarinas, caballos, paisajes campesinos, urbanos, floreros, abstractos... Ya tenía su clientela y siempre había gente parando en su lugar para admirar y comprar sus cuadros. Lo que nadie percibía era que todas las mujeres que pintaba - bailarinas, hadas, parisinas en calles melancólicas, provocativas musas cubiertas con telas de seda- tenían la misma cara: la de la Emilia... Todo fin de semana era aquella tortura. Subirse al escenario y tratar de concentrarse en la música en vez de quedarse embelesado contemplando a la chica, luchando para cobrar valor y acercársele para declararle su amor... No lo conseguía. Todas las veces parecía que el corazón se le iba a saltar del pecho, le flaqueaban las piernas, se le secaba la boca. La observaba desde lejos, la acariciaba con cada suspiro, la deseaba con cada acorde, la abrazaba con las cuerdas de su vieja guitarra... pero no se le aproximaba.
Entonces, la pintaba. Su amor crecía con cada pincelada, y le dolía el alma cada vez que alguien le compraba un cuadro y se lo llevaba, porque su amada estaría en la casa de otro y no en la suya...
Desconsolado y con una inspiración interminable y frustrada, sabía que mucha gente poseía algo de Emilia, menos él.
EL CHIFLÓN
El edificio estaba clausurado hacía un par de años, las persianas de metal bajadas, llenas de ralladuras y tierra, de orina de perros y borrachos, la baldosa roja que aparecía debajo de ellas cubierta de una gruesa capa de barro, insectos muertos, restos de comida y bosta de paloma. La construcción estaba en la justicia hacía un tiempo porque un grupo de defensores del patrimonio histórico había interpuesto una demanda para tratar de salvar el edificio al lado, que era una pequeña y decadente obra de arte de paredes rojas y adornos blancos que, desgraciadamente, por dentro estaba totalmente destruida, igual que una cáscara de huevo vacía a punto de quebrarse.
María pasaba todos los días frente a este edificio y lamentaba su decadencia, pues realmente parecía haber vivido días de gloria, cuando el barrio tenía un nivel de vida mejor... Pero bueno, en estos tiempos, lo único que las constructoras querían era levantar sus torres del mil departamentos de 50 metros cuadrados y les importaba un pito si para esto tenían que demoler verdaderas obras de arte de la construcción, reliquias históricas y barrios enteros que, si fueran remodelados y bien cuidados, darían excelentes rutas turísticas. Así que María pasaba frente al edificio condenado y sólo podía soltar un suspiro de inconformidad...
Hasta que un día, en la parte en que estaban las persianas metálicas percibió que, entre la abertura en el final de la persiana y el suelo, había un estrecho espacio por el que pasaba un chiflón de aire, y que en ese espacio había quedado presa una pluma de paloma. Era blanca, vaporosa, ya algo sucia, y estaba prisionera en una mezcla de telas de araña, bolas de pelusa y tierra. Pero cada vez que el chiflón soplaba, ella se estiraba para afuera, tratando de libertarse. Quien sabe soñaba en volver a su dueña y elevarse por encima de las torres iguales y las antenas y grúas que ocupaban el paisaje. Tal vez deseaba pasear por algún parque, rodar por las veredas, juguetona, subir por el tronco de un árbol y contemplar el mundo entre sus hojas.
María se quedó mirando la pluma por un momento, sonriendo, conquistada por su empeño, pero luego siguió su camino. Al día siguiente, ahí estaba la plumita, danzando en el chiflón, y al otro, y al otro... María estaba realmente admirada de la persistencia y coraje de aquella modesta pluma blanca. "Ojalá yo tuviera esa fuerza y ese optimismo, ese valor y perseverancia en mi vida", pensó, sintiéndose repentinamente animada. Andaba con algunos problemas, pero el ver esa plumita todos los días esforzándose tanto para aprovechar el chiflón y ser libre le tocó el corazón. Decidió imitarla entonces. Y siguió su camino respirando hondo, sonriendo y con el cuerpo erecto y el alma fortalecida.
Cuando pasó al día siguiente, la plumita ya no estaba.
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