segunda-feira, 8 de fevereiro de 2010

El discípulo - parte II

Bueno, a pesar de haber vuelto al trabajo después de unas vacaciones que no quería que acabasen -si bien que, como estamos en la semana de matrículas, realmente no hay mucha cosa que hacer- estoy tan animada con las mudanzas positivas y las perspectivas que se abren en mi trabajo, con mi regreso al área y al trabajo que mejor conozco y desempeño y con la posibilidad de colaborar con todas las otras áreas de la fundación cultural, que hay noches en que ni consigo dormir -también por este calor desgraciado que está haciendo- de tantas idéas que se me ocurren para las aulas y montajes... Puchas, juro que no esperaba -a pesar de tener un granito de fé allá en el fondo que me repetía que las cosas podían cambiar para mejor- que las cosas dieran esta virada y que yo consiguiera rever mi lugar y mis funciones, y menos aún con toda esta libertad creativa!... Bueno, imagino que después de haber aprendido un poco más sobre paciencia, humildad, persistencia y fé a lo largo del interminable año que pasó, Dios pensó que ya estava preparada para regresar y... voilâ! se las arregló para que esto sucediera, así, en un pestañéo... Sólo El para conseguir estas cosas, no?... Entonces, sólo me resta agradecer, enrollarme las mangas y empezar a trabajar para demostrarle que no estaba equivocado. Y, para ser sincera, estoy loca de ganas de empezar a trabajar! Supongo que es raro escuchar a alguien decir esto, pero en mi caso, será la mejor cosa del mundo, créanme, y esto incluye los cuentos que van a leér aquí. Estoy llena de inspiración y ganas, entonces, prepárense!...
Y aquí vá la segunda parte del cuento.

-Ahí viene!...- gritó un hombre, y colocando un niño inválido sobre sus hombros se abrió camino a empujones -Mira a mi hijo, santo hombre! Míralo y haz el milagro!...- exclamaba, llorando -Míralo aqui, por favor!...
Apavorado, traté de encogerme todavía más, pero era imposible escapar de aquella locura. Hombres y mujeres se lanzaban al suelo, niños y ancianos enfermos luchaban por un lugar cerca de la calle, algunos erguían los brazos hacia el cielo y soltaban exclamaciones incoherentes, otros reían y lloraban al mismo tiempo, algunos se cubrían el rostro con las manos y se alejaban como si estuvieran tomados por algún tipo de transe... Era algo incréible, yo nunca había visto una cosa así!... Entonces, como en un estallido, vinieron a mi mente las palabras que había escuchado en la escala da iglesia. Sería que era él, el tal santo hombre del cual los parroquianos hablaban? Sería que estaba aquí? Esta revolución toda era por su causa?... Lleno de curiosidad, traté de levantarme, buscando con los ojos la figura del hombre por entre las cabezas y cuerpos que se agitaban delante de mí. Pero yo era demasiado bajo, nunca conseguiría verlo desde allí, y tampoco conseguiría abrirme paso por entre esas personas enloquecidas hasta la calle... Decepcionado, volví a deslizar hasta el suelo, resignado a soportar el frío y el hambre en aquel rincón hasta que las personas se fueran, pero en el instante en que me enrollaba en mi capa de saco, se hizo un silencio total y repentino, y la multitud sequedó imóvil. Asustado, levanté la cabeza, apoyandome en la pared, y mis ojos cayeron sobre un rostro que, vuelto hacia mí, se destacaba en un espacio libre entre las cabezas de las personas. Cuando su mirada me alcanzó, sentí como si una violenta y estremecedora explosión de luz y silencio se hubiera abatido sobre mí. Fuí tomado por un repentino desfallecimiento, me faltó el aire, la calle y las personas desaparecieron, engullidas por una obscuridad total. Mi vida toda fué apagada en una fracción de segundo, como si no tuviera más importancia, y de repente me sentí desnudo, sin identidad, inerme delante de aquella figura que me observaba silenciosamente desde la calle. Era tan aquiescente, tan serena y tierna! Parecía comprender con tanta claridad mis infinitas misérias y, oh Dios, acogerlas dentro de su propio pecho! Una llamarada enceguecedora vino en mi dirección y, atravesando mis harapos inmundos y mi piel helada, cayó sobre mí en un abrazo calcinante y definitivo, embriagador. Traté de defenderme levantando los brazos y lanzando una exclamación de pavor... En un segundo, fuí totalmente abrasado, destruido. Y en el siguiente, el rostro no estaba más allí. El espacio se había cerrado y la multitud volvía a gritar y a empujarse, invadiendo la calle como un mar enfurecido atrás del hombre.
Me quedé tirado allí, pegado a la pared, aturdido y tembloroso, sin entender lo que había sucedido. Cuánto tiempo había pasado? Algunos minutos? Un siglo? No tenía certeza. El realmente me había mirado o había sido todo producto de mi mente alucinada por el hambre y la desesperación?... Pero, por qué él iría a detener su camino para mirarme justamente a mí, el último de los mendigos, que ni siquiera creía en sus hazañas? Yo no era nadie! Qué era lo que él iría a querer de mí?... Infinitas preguntas sin respuesta me atormentaban, haciendo que mi corazón casi estallase, invadido por un extraño sentimiento en el cual se mezclaban el terror y la felicidad... Pero no era eso mismo lo que decían que sucedía cuando él miraba a alguien? Una muerte y una resurrección. Era eso lo que había ocurrido conmigo?... Pero, por qué? Yo no había pedido nada! Yo ni siquiera soñaba en encontrarlo o hablarle! Por qué había hecho aquello conmigo? Por qué?... Y ahora, qué sería de mí?
Casi sin saber lo que hacía, me puse de pié, empujado por una fuerza superior a mí, más parecida con algún ataque de locura incontrolable, y apoyandome en las paredes, tropezando, cayendo, levantandome de nuevo, casi sin ver el camino y con la respiración contandome el pecho, enveredé por la calle atrás de la multitud. Percibía claramente que ahora sería imposible permanecer allí, quedarme para atrás, continuar siendo el mismo, existir lejos de él.
-Estoy perdido... Estoy perdido...- murmuraba mientras las lágrimas deslizaban por mi rostro.
Mis entrañas aullaban, mi carne temblaba, mis huesos eran despedazados sin piedad y una angustia indescriptible me aplastaba como una garra de acero... No me había dado cuenta todavía, mas aquel era mi encuentro con lo divino.
Y así, sin que él percibiese, comencé a seguirlo por doquier, contandole a todos los que encontraba lo que lo había visto hacer, contemplando con ojos turbios los milagros que floreciam a su paso, las multitudes devotas que buscaban en él esa centella divina que, al descender sobre ellas, las transformaba para siempre; los enfermos, paralíticos y proscritos que se arrastraban por las calles y caminos para poder estar algunos segundos bajo el poder de su sombra, los afligidos y miserables que, mismo de lejos, se sentían consolados y comprendidos, perdonados y libertados de sus grillones... Yo estaba siempre allí, rodeando, husmeando, siendo testigo, pero manteniendome a distancia, receloso y avergonzado de mi nada. Desgranaba llorando mis incontables pecados a lo largo de los caminos, me derretía bajo el sol, me empapaba en la lluvia, tiritaba de frío y desfallecía de hambre y sed en mis harapos hediondos. En las largas y obscuras noches a la intempérie, sentía que mis huesos se disolvían en ríos de angustia y dudas y que mi alma se hundía en abismos indescriptibles que parecían no tener fondo. Era acosado por pesadillas y tentaciones innombrables, pero sobre todo, por ese cansancio inmenso que me golpeaba sin tregua, por esa cobardía que se abatía sobre mi mezquino corazón y apretaba, apretaba sin piedad hasta arrancarme gemidos y lágrimas de desesperación... Entonces huía. Me escondía en algún agujero para que él no descubriera mi flaqueza; no quería que supiera sobre mis dudas, sobre mis fracasos y mis obscuros pensamientos, sobre las incontables ocasiones en que lo maldecía a é y a su doctrina mientras trataba de seguirle los pasos... Pero en el mismo instante en que pensaba esto me sentía espantado con el tamaño de mi presunción y, golpeandome el pecho con el puño cerrado, me recriminaba, rabioso:
-Pero cuánta pretensión!...- murmuraba, riendo amargamente -Por que él iría a notar mi presencia o a se preocupar con mis dilemas y angustias?... Son tantos los que lo siguen y reclaman su atención! Y yo ni siquiera tengo el valor de acercarme!...
En esas ocasiones, la tentación de desistir y volver a mi antigua vida se volvía casi insoportable, sin embargo, había en mi alma una extraña e inexplicable certeza, más parecida com una esperanza, que me hacía continuar: la de que él, de alguna forma sobrenatural, sabía perfectamente que yo estaba allí, en sus talones; de que conocía y sentía cada uno de mis movimientos, de mis pensamientos e intenciones. El sabía cada tropiezo, cada caída, mis luchas -todas perdidas!- mis dudas. Yo estaba seguro de que él sabía todo> Tenía la constante sensación de que estaba siempre vuelto hacia mí, atento, preocupado, lanzandose hacia mí a través de las multitudes, de la confusión, de la distancia, de los gritos y de aquel rebullicio asustador que siempre se formaba a su alrededor. Era como si, en seguida de nuestro primer encuentro. algo suyo hubiera penetrado y soltado raíces en mi propio ser, volviendose parte indivisible de mí. Sería que esto también le había sucedido a todos los otros que lo seguían? O a aquellos que habían vuelto a sus casas y continuado sus vidas? Sería que estaba unido así con todas las personas por las cuales había pasado? Yo bien sabía que bastaba una mirada, una palabra, un toque, un movimiento ínfimo e invisible al ojo humano para que ese río de fuego y dolor, de luz y felicidad transbordase, arrastrando todo, derribando todas las barreras, y alcanzase aquel lugar olvidado, adormecido dentro de cada persona y despertase delante de ella la visión del paraíso prometido. Infinidad de veces me pregunté qué era lo que realmente ocurría, qué era ese fenómeno radical que en un instante destruía y al siguiente resucitaba, cuál era el verdadero poder de aquel hombre y a dónde pretendía conducirnos con él, pero no encontraba ninguna respuesta. Esas cosas simplemente sucedían y eso era lo bastante. Pero yo, porfiado y escéptico, continuaba elucubrando... Era el amor? Eran las consecuencias de la entrega al amor? Qué era lo que realmente obraba la transformación y por qué ella era tan rápida y definitiva? Yo había sido tocado, sin embargo, todavía no me sentía transformado, purificado, merecedor de empezar definitivamente una nueva vida lejos de él... Sería que nadie se había arrepentido y vuelto a ser el de antes? Sería que todos eran realmente afectados, o alguien ya se había sentido indiferente a su poder? El nunca regresaba a las ciudades por las cuales había pasado para verificar las consecuencias de su visita, parecía que esto no le importaba. O entonces, estaba tan cierto de los resultados que no necesitaba confirmarlos. Era paciente y comprensivo fuera de cualquier límite, sin embargo, siempre parecía sufrir una cierta urgencia por seguir adelante, por encontrar más personas. Tenía una persistencia, una resistencia que me dejaban admirado, pues nunca demostraba dudas o cansancio, nunca paraba, parecía que no comía ni dormía y, así mismo, estaba siempre dispuesto a donarse. Nadie lo escandalizaba o lo decepcionaba, su fé en la transformación de las personas era total. La devoción que en ellas despertaba hacía que me sintiera un verme mentiroso, pues todavía me sabía el mismo hombre mezquino y cobarde de antes.
-Qué es lo que estoy haciendo? Para dónde estoy yendo?... Qué es lo que pretendo entre estas personas que créen y cambian de vida de verdad?...- me preguntaba, avergonzado. Pero mis piés continuaban arrastrandome sin piedad atrás de él, como si solamente ellos tuviesen alguna certeza sobre mi futuro.
Lo seguía fielmente, sí, pero mi alma estaba lejos de divisar un puerto seguro. Muchas noches no conseguía dormir. Me debatía ferozmente, escondido en las sombras, luchando contra mí mismo, víctima de una ira negra y dolorosa, de infinitas y absurdas dudas. Mi boca se llenaba de saliva y mi cuerpo se contorcía, desgarrado por las náuseas, queriendo expulsar de mis entrañas a aquel demonio que oía saltar y se burlar de mis pretensiones. Me sentía morir, morir mil veces, un millón de veces, y convertirme en cenizas que el viento cargaba hacia el infierno... Pero entonces, cuando no podía soportarlo más, cuando lo único que me quedaba era rendirme y desistir, sentía de repente su mirada posarse sobre mí, como en aquella mañana. Percibía su perfume, su calor, el murmullo paternal de su cuerpo acercandose, cubriendome, abriendose como un árbol sobre mí para abrigarme y consolarme, para ampararme... Me arrastaba entonces, jadeante y tembloroso, por detrás de las piedras y los arbustos, y allí estaba él: aquel mundo de gente a su alrededor implorando su atención y, mismo así, su cabeza majestuosa, de ojos serenos, se volvía hacia mí, sólo hacia mí, y yo lo sentía físicamente cerca, tan cerca que si tuviese el coraje, podría estirarme y tocarlo. El estaba allá, podía verlo, pero también estaba aquí, conmigo, y el consuelo de su omniciencia era superior a cualquier tentación. Las pesadillas se desvanecían como nubes de humo llevadas por el viento y yo me sentía enrollado en sus brazos, seguro y sereno nuevamente.
Pero, qué era lo que yo había hecho para merecer ese regalo desconcertante que, muchas veces, quería devolver? El simple hecho de existir me hacía merecedor de todo aquello? Era realmente necesario para que mi gran transformación aconteciera?Y qué era existir, a final de cuentas? Era lo que hacía antes o lo que hacía ahora? Pero qué era lo que hacía ahora? Arrastrarme, llorar, cantar, maldecir, rezar, equilibrarme sobre un precipicio?... Oh, qué estrecho me parecía a veces el camino que sus piés recorrían! Tenía que mantener los ojos bien abiertos y fijos en él para no despeñarme o perderme!... Y me preguntaba una y otra vez, exhausto y desengañado: para qué todo este sufrimiento, esta purgación que parecía no tener fin? Por qué todavía no conseguía ver el paraíso? Por qué mi libertación estaba demorando tanto? Qué era lo que estaba errado conmigo? No sería más saludable abandonarlo y seguir mi vida?... Pero no lo conseguía, por más que tratara, no lo conseguía. Estaba amarrado al cuello de este desconocido hasta el fin de los tiempos. Sabía que nada podría negarle, mismo desconfiando que él debía divertirse bastante a costa mía. Con certeza le parecía un payaso, una criatura patética y derrotada que pensaba que tenía el derecho de mirarlo y de esperar alguna cosa. En mi presunción, yo también anhelaba mi milagro, pero él no parecía dispuesto a concederme tal cosa. Era lo que yo pensaba, pero no lo admitía ni para mí mismo. La gracia de su amor jamás me alcanzaría. La mía sería una jornada inútil, pero ahora era demasiado tarde para cambiar el rumbo.
A cada día mi pessimismo aumentaba, volviendo mis pasos más lentos y pesados. Parecía que cargaba el mundo en los hombros, pero pensaba que, tarde o temprano, me acostumbraría con esto... A final de cuentas, era lo que el destino me había mostrado... Hasta el día en que él me habló.

Nenhum comentário:

Postar um comentário