sexta-feira, 12 de fevereiro de 2010

El discípulo - parte III

Y aquí vá la tercera y última parte de esta historia, pero no se preocupen, porque ya estoy atrás de nuevo material, revisando y corrigiendo mis própios cuentos antiguos. Hace mucho tiempo que no escribo en este género, entonces voy a tener que usar lo que ya tengo -mejorado, claro- mientras no produzco nada nuevo; pero son historias buenas y créo que las van a disfrutar. Es la forma que encontré para mantener este blog en actividad siempre con cosas nuevas. Pretendo aprovechar este largo feriado de carnaval (que, sinceramente, no me atráe para nada: mucho ruido e mucho desorden para mi gusto) para trabajar en esto y para prepararme física y espiritualmente para empezar a trabajar de verdad el dia 1 de marzo. Finalmente!... Estoy cierta de que me espera un año lleno de trabajo gratificante, de creatividad, buena salud y serenidad... Podría querer algo más?.
Entonces, la última parte del cuento:

Todos se habían marchado. El estaba solo, sentado en una gran piedra en las márgenes del lago. Era un mediodía radiante, sin nubes, y una suave brisa traía perfumes nuevos y vigorosos. El água verdosa del lago apenas se movía. El silencio era magnífico. Desde mi escondrijo lo observaba con ojos febriles, casi sin respirar y con el corazón queriendo saltar de mi boca. Había algo diferente en el aire, sin duda, y una emoción desconocida tomaba forma en mis entrañas, creciendo velozmente. Después de tanto tiempo de obscuridad, finalmente me parecía divisar un punto de luz delante de mí. Pero estaba tan lejos y era tan pequeño!... Un gemido silencioso se arrastró por mi garganta, pero murió en mis lábios secos y temblorosos. Qué certeza era aquella que tomaba forma en algún lugar dentro de mí? Será que valía la pena creér en ella?... Mi mirada hambrienta se colgaba de su figura inmóvil y callada. Estaba con un aire lejano, el rostro vuelto hacia el horizonte, más allá de las águas, de las montañas, de los cielos infinitos. No se me escapaba ningún detalle: la piel pálida e suave, las cejas obscuras, los labios entreabiertos, las aletas de la nariz dilatadas, el cuello, los hombros fuertes, la espalda inclinada, los dobleces de su ropa, las manos entre las piernas, sueltas, tan limpias, tan imponentes. Los piés apoyados en las piedrecillas húmedas, rozando la hierba que empezaba a florecer en una alfombra amarilla y violeta. Su cabello liso y brillante como las alas de un cuervo, la brisa haciéndolo flotar alrededor de su faz... Me faltaba el aire al verlo así, desprevenido, solo y quieto, y esa sensación de que estaba a punto de descubrir algún secreto, de que una puerta se abriría delante de mí, crecía a cada segundo. Parecía que sucedería alguna cosa que afectaría y transformaría el universo para siempre.
De pronto, lentamente, él se irguió y poco a poco, sin prisa, silenciosamente, giró la cabeza hacia mí. Me quedé paralizado e instintivamente me encogí en mi lugar, paré de respirar. Sentí su mirada avanzar inexorablemente a mi encuentro, atravesar los árboles y las piedras atrás de las cuales me ocultaba y, finalmente, alcanzarme como una gigantesca y ardiente ola que me desintegró... Entonces, me llamó. Su voz suave y viril pronunció mi nombre. Sus labios, que ya habían dicho tantas cosas bellas y verdaderas, se movieron para modular mi pequeño e insignificante nombre, y su tono fué tan tierno y dócil, que fuí incapaz de resistir. Igual a un bicho salvaje, fuí desenroscandome de mi agujero y me presenté delante de él sin un gesto, sin una palabra. Permanecí allí de pié, descubierto e indefenso, temblando, con los ojos desorbitados y las piernas flaqueando. En mi pecho se agitaba una mezcla de alarido y sollozo que quería despedazarme las costillas.
-Por qué te escondes?- me preguntó, y yo casi desmayé al oírle la voz.
-Porque soy un miserable.- respondí, tartamudeando y ahogándome.
-Y no somos todos?- dijo él, sonriendo levemente.
-Oh, no!...- exclamé, adelantandome hacia él, genuinamente escandalizado por sus palabras - Tú no, senhor! Tú no!...- y sin saber lo que hacía, caí de rodillas y me cubrí el rostro con las manos -Tú no.- repetí en voz baja.
-Cómo tienes tanta certeza de eso?
Levanté los ojos obscurecidos hacia su faz inmaculada y lo encaré osadamente durante un momento, como jamás soñé hacerlo. Estaba perplejo. Qué miseria podría existir en él?.
-Tú no.- repetí, simplemente, como si no necesitara de más explicaciones, y él volvió a sonreir con indulgencia ante mi fervor infantil.
-Pues te digo que conozco la miseria bastante mejor de lo que piensas.
-Pero, senhor, eso no es posible!.- retruqué, abriendo los brazos.
-Y cómo piensas entonces que podría entenderla, perdonarla y curarla si no la conociera?.
-Señor...- murmuré, bajando la cabeza. Sentimientos contradictorios se revolvían em mi pecho. Decepción? Alivio? Perplejidad?.
-Sólo comprendemos, perdonamos y transformamos lo que conocemos. Este es el secreto. El poder viene del conocimiento, no te olvides de esto.
-Sí, señor.- respondí, todavía cabizbajo.
Entonces él conocía toda la miseria? Había pasado por ella? Era posible transcenderla y alcanzar la perfección como él parecía haberlo hecho? Su poder contra los males venía del conocimiento y la experiencia que de ellos poseía? Cómo esto podía ser posible?... Yo estaba totalmente desconcertado. Quién era este hombre, a final de cuentas? Alguien igual a mí? No, eso estaba completamente fuera de consideración.
-Por qué me sigues?- me preguntó entonces, agachandose para jugar con algunas piedrecillas.
Mi cabeza era un torbellino. Desfilaban por ella las imágenes de todos aquellos a quienes había visto aproximarse de él: prostitutas, mendigos, mentirosos, enfermos, desengañados, ladrones, mezquinos, desesperados, moribundos... Y él los curaba porque conocía sus males? Existía tal poder? Aquel era el gran secreto de las transformaciones?... Aturdido, lo miré; continuaba jugando con las piedritas, esperando pacientemente mi respuesta.
-Te sigo porque no consigo evitarlo. Parece ser mi destino.
-Y qué es lo que esperas de mí?.
Mis labios se movieron, indecisos, y una repentina agonía me cortó la respiración, que se transformó en un sollozo. Qué era lo que esperaba de él? Cómo tendría el valor de confesárselo? Mi vida confusa y turbulenta desfiló delante de mis ojos, todas mis dudas y mis esperanzas, mis miedos, mis sueños. mis fracasos. Me acordé de aquellas personas que, después de su encuentro con él, habían criado alas y subido a los cielos, sin regresar jamás... Oh, qué envidia sentía de ellas! Deseaba tanto libertarme de mi ignorancia, de mi cobardía, de mis recelos y vanidades y poder irme junto con ellas!... Pero cómo osaría pedirle esto? Sería como saltar al abismo. Gemí, impotente. Mi destino sería solamente seguirlo el resto de mi vida, sin nunca alcanzar el cielo... Entonces, guardé silencio.
De pronto, levantó la cabeza y me miró, soltando las piedrecillas. Fué como si hubiera estado leyendo mis pensamientos. Me observó largamente y el azul de sus ojos se volvió brillante, casi transparente. Me quedé inmóvil, aterrorizado. Sus manos se movieron en un gesto indefinido. Las irguió, pero en seguida las dejó caer nuevamente. Yo no tenía valor para volver a encararlo. Hilos de sudor deslizaban por mi espalda y me ardían las orejas. Un temblor incontrolable se apoderó de mim y tuve que apoyarme en una piedra. Me sentí totalmente ridículo e infantil.
Percibí entonces una suave onda de calor avanzar hacia mí. Pero no era solamente una vibración tibia que me envolvía, era un sentimiento, eram como palabras dichas en silencio, que zumbaban en mis opidos y entraban por ellos hasta alcanzar mi cerebro, llenandolo de murmurantes mariposas. Supe que provenían de él. El estaba hablando conmigo... Levanté la cabeza y lo miré. Estaba sonriendo. No llegaba a separar los labios; las comisuras apenas se erguían y mismo así yo podía escuchar sus palabras en algún lugar dentro de mí.
-Tendrás lo que viniste a buscar.
Mi corazón dió un vuelco y paró.
-Lo tendré?...- dije, casi sin voz - Cuándo?... Cómo?...
-No es en mí en quien debes creér, sino en tí mismo- me respondió, aun sin hablar.
Como en una explosión, me dí cuenta de que este era el segundo en que el milagro empezaba a acontecer, este era aquel instante solamente entre él y aquel que esperaba, en que todo era dicho y comprendido. Supe que él me conocía por completo y que, a pesar de todas mis fallas, -que yo mismo no conseguía perdonarme- creía en mí... Al final, no era yo quien esperaba algo de él, sino él quien esperaba algo de mí!.
-Senhor, tú crées que voy a conseguirlo?..- pregunté, afligido, aproximandome algunos pasos.
Y él, envolviendome en sus brazos y estrechandome contra su pecho, pronunció finalmente las palabras que tantas veces le oyera decir a los otros:
-Encuentra tu destino.
Cerré los ojos, sintiendo las lágrimas mojarme el rostro, y me dejé estar contra su cuerpo cálido y acogedor. Podría morir allí en aquel segundo, sin embargo, de repente tuve una sensación extraña, como si algo dentro de mí empezara a moverse y a empujar, subiendo por mi espalda. Sobresaltado, abrí los ojos y me alejé. Ahora sentía un ardor en los hombros y en las costillas y mi cuerpo parecía estar vaciandose por completo, restando tan sólo una maravillosa sensación de levedad.
-Pero qué es esto?... Qué es lo que está sucediendo?...- grité, asustado.
-Encuentra tu destino.- se limitó a repetir él, sonriendo.
Súbitamente, algo rasgó la piel de mi espalda, sin embargo, no sentí ningún dolor. Iba a llevarme las manos a los hombros para ver lo que era cuando la sombra de dos enorme alas apareció sobre mi cabeza. Miré hacia arriba y allí estaban ellas, moviéndose perezozamente en el aire. Lancé una exclamación de pavor y alegría en el momento en que empezaba a elevarme suavemente.
-Señor, para dónde debo ir?...- exclamé cuando recobré el habla, antes de perder de vista al santo hombre.
-Tus alas te van a guiar! Confía en ellas!- me respondió él desde la tierra, saludandome con la mano.
Exultante, lancé una carcajada y me dejé llevar como un niño que sale para descubrir el mundo.

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