Bueno, y como lo prometí -y ahora de computador nuevo, absolutamente veloz y eficiente, gracias a mi hijo- aquí vá la tercera historia. Ella pertenece a una serie que fué escrita durante un curso de redacción que dí hace algún tiempo en la fundación cultural en que trabajo. En realidad, fué un desafío lanzado por mis alumnos, provocado por mi afirmación de que es posible escribir sobre cualquier cosa y producir un trabajo de calidad, no importa cuán ruin pueda ser, o parecer, el tema. Esto, hablando literariamente, claro, porque hay textos sobre temas específicos, como ciencias, política, geografía y esas cosas, que simplemente no dá para redactar de una forma más amena... Entonces, el desafío fué que ellos escogerían el tema y los personajes y yo tendría que escribir un cuento hasta la próxima aula, en la semana siguiente. Yo podría agregar personajes y anécdotas, pero debería desenvolver el tema según los apuntes que ellos me proporcionarían y sólo podría cambiar el final con consulta previa... Debo admitir que, al final, la cosa pasó de un juego a una experiencia extremadamente interesante y provocativa, fascinante y reveladora, porque no sólo conseguí probar mi tesis como también me divertí y descubrí que, realmente, yo misma soy la mejor prueba de ella... Deberían haber visto los temas esdrújulos que me entregaron! -muriéndose de la risa ante mi expresión de estupefacción- Algunos eran actos de pura y simple crueldad!... Mas como palabra empeñada es palabra cumplida, no me quedó más que recibirlos, meterlos en mi cuaderno y llevármelos para casa para tratar de sacar leche de piedras, como se dice acá. Casi acabé enterrada por algunos de aquellos temas y otros fueron un verdadero y árduo desafío para mi creatividad, pero al final, conseguí salir victoriosa y les entregué a cada uno de ellos un cuento con la idéa básica que me habían proporcionado. Y me quedé tan entusiasmada con los resultados, que decidí publicarlos en este blog, porque mismo no siendo el tipo de cosa que yo escribo, créo que son interesantes lo bastante como para que otros los léan y los disfruten así como yo lo hice al redactarlos.
Entonces, aquí está el primero de ellos. Espero que les guste!
La farmacia estaba alarmantemente congestionada; parecía que todo el mundo había decidido aparecer por allí a la misma hora y nosotros, los empleados, casi no estábamos consiguiendo dar cuenta de decifrar recetas, responder preguntas y buscar jarabes, comprimidos, gotas, pomadas y cápsulas en los estantes. Várias veces acabé estrellandome con algún colega en el estrecho espacio en el cual teníamos que movernos atrás del mostrador. Para empeorar la situación, el teléfono no paraba de llamar y los clientes parecían estar sufriendo de un severo caso de impaciencia colectiva. Todos querían ser atendidos inmediatamente, no importaba el orden de llegada!... En ese tipo de situación todos nos poníamos extremadamente tensos, pues éramos obligados a ser atentos y serviciales con las personas -no interesaba si eran groseras o no querían esperar que acabáramos de atender a otro cliente- rápidos y eficientes y todavía estar con los ojos bien abiertos para detectar cualquier actitud sospechosa, porque sabíamos que había personas que se aprovechaban de aquellos momentos de mayor movimiento para llegar discretamente junto a los mostradores y, con un movimiento casi imperceptible, robar alguna mercancía y salir sin ser notado. Y, claro, el perjuicio acababa sobrando para nuestro bolsillo al final de mes. Nuestro jefe no perdonaba ese tipo de descuido.
En aquella hora, yo me repartía entre el mostrador y la caja y necesitaba hacer un gran esfuerzo y mantener una calma perfecta para no enredarme con los vueltos y las recetas, por eso, cuando ví al hombre entrar, me quedé un instante inmóvil, y al percibir que él se dirigía hacia mí, tuve la repentina certeza de que iba a verme envuelta en una situación desagradable. Inmediatamente, busqué con la mirada a alguien que pudiera substituirme en la caja o entonces, que viniera a atender a aquel hombre, pero desgraciadamente todos estaban tan ocupados como yo.
-Mierda.. De esta no me escapo..- dije en voz baja, enderezandome como si fuera a enfrentar algún tipo de peligro.
El hombre realmente tenía un aspecto de dar miedo: flaco y de cabellos largos y desgreñados, vestido con ropas sucias y zurradas, una encima de otra, de colores indefinidos y llenas de manchas; rostro barbón y con grandes ojeras oscuras, zapatos deformados y cubiertos de barro, uñas largas y negras. Caminaba un poco tambaleante y llevaba un saco de yuta con alguna cosa informe dentro de él. Yo lo noté así que entró, mirando a su alrededor con un aire medio perdido, y me quedé con la mano en el aire, sosteniendo el billete que acababa de recibir de un cliente. Un viento semejante a un mal presentimiento sopló desde mi estómago, que se encogió. Qué era lo que una criatura como esa podía querer aquí? Probablemente una limosna, pero nos era terminantemente prohibido darla a cualquiera y, si lo hiciéramos, la cantidad, no importa cuán pequeña fuese, sería descontada de nuestro salario. Nuestro jefe tampoco era adepto a este tipo de política paternalista, como la llamaba.
-Limosna para vagabundo en mi establecimiento no!...- nos sermoneaba con voz dura -Quieren alguna cosa? Que vayan a trabajar!.
Mientras guardaba el billete en la registradora y buscaba algunas monedas para dar el vuelto, observé que el hombre continuaba aproximandose lentamente. Despedí al cliente con un gentil "Hasta luego y vuelva siempre" que ni yo misma creí, y cerré el cajón de la registradora rápidamente. Cuando levanté la cabeza de nuevo, el hombre estaba delante de mí.
De cerca era más desagradable todavía, pues sus dientes estaban negros y exhalaba un fuerte olor a sudor y alcohol. Si la primera impresión es la que vale, como decía mi madre, entonces lo mejor que podía hacer era pescar el teléfono y llamar a la policía, porque ese personaje sólo podía significar problemas.
Sintiendome cada vez más insegura y tímida frente a él, volví a mirar a mi alrededor en busca de ayuda, pero nadie estaba disponible. Entonces, resignada, respiré hondo, tomé coraje y lo encaré con mi mejor sonrisa de Monalisa.
-Hola, en qué puedo ayudarlo?- pregunté, inclinandome hacia él. El olor era casi insoportable.
-Dame alguna cosa para el dolor ahí.- respondió con una voz ronca y agresiva que me sobresaltó.
Se me ocurrió la idéa de preguntarle si tenía cómo pagar el remedio, pero desistí. Era obvio que pretendía llevarselo gratis. Bueno, tal vez valiese la pena un descuento en mi sueldo con tal de deshacerme de este mendigo... En ese momento, se acercó una cliente para pagar y tuve que volver a la caja. Mientras abría el cajón con manos temblorosas, lo escuché repetir:
-Dame algo para e dolor ahí, señorita. Tengo que llevarlo allá para abajo.
Me pregunté qué sería "Allá abajo", y recordé que atrás de la farmacia quedaba el cuartel policial. Será que él quería llevarle el remedio a algún compañero que estaba detenido allá? O será que era para él mismo? Le dí una ojeada al tiempo que le entregaba el vuelto a la cliente, pero no me pareció que estuviera sufriendo algún tipo de dolor. Parecía un poco inseguro, pero fuera eso, parecía bien.
-Mire, señor..- dije entonces, sonriendo lo más gentilmente que pude -En este momento estoy ocupada en la caja, entonces por qué no le pide a ese joven allí, que es uno de nuestros vendedores? -sugerí, apuntando hacia uno de mis colegas.
El hombre siguió con los ojos turbios la dirección que mi mano indicaba, y demoró algunos segundos para localizar a la persona. En seguida, volvió a encararme, con una expresión en la cual se mezclaban la perplejidad y una punta de revuelta, como si adivinara que aquella era una disculpa para no atenderlo, y curvó los labios hacia abajo, con un qué de desprecio. Se inclinó hacia mí y susurró, apoyando las manos en el vidrio:
-Usted me tiene miedo, señorita?...
Yo me quedé inmóvil por algunos segundos, sintiendome descubierta, y fuí
incapaz de sostener su mirada.
-No senhor, imagínese!...- tartamudeé, enrojeciendo -Es que estoy realmente ocupada! Por qué no vá a...?
-No le voy a hacer nada, señorita...- insistió, enderezandose. La marca grasienta de sus manos quedó estampada em el vidrio -No me tenga miedo, no.- y antes de que yo pudiera argumentar alguna otra cosa, se dirigió hacia mi colega, que en aquel instante se viraba para atender el teléfono.
Cuando el mendigo llegó junto al mostrador, las personas que estaban allí inmediatamente se alejaron lo más discretamente posible. El las miró, dejando caer su saco en el suelo, y soltó una risita sarcástica.
Yo permanecí inmóvil en la caja, sintiendo mi corazón latir con fuerza y las piernas medio temblorosas por causa del incidente, pero en seguida un gran alivio me invadió al darme cuenta de que había conseguido librarme de aquel sujeto tan desagradable. Desde donde me encontraba, ahora ociosa, lo observé hacer el pedido a mi colega. Pero éste continuó hablando por el teléfono y no le dió atención. El hombre repitió su pedido, en voz más alta, pero el empleado hizo un gesto displicente y le dió la espalda. El hombre se quedó ahí, mirando a mi colega por algunos minutos, sin saber qué hacer, y finalmente, vencido por su indiferencia, se agachó y pescó su saco. Parecía profundamente contrariado... No supe por qué, pero aquella escena me despertó una inesperada sensación de tristeza. Hasta sentí el impulso de pescar el remedio y dárselo, pero algo me detuvo. La primeira impresión que me había pasado era demasiado fuerte todavía y me impidió reaccionar de otra forma. Entonces, me tragué ese creciente malestar que poco a poco tomaba cuenta de mí y permanecí donde estaba, limitandome tan sólo a observar.
El hombre, muy enojado, se dirigió con pasos inseguros hasta la salida, pero antes de alcanzar la calzada, se volvió hacia nosotros y exclamó, apuntandonos con su mano inmunda:
-Ya entendí el recado, no tenían que humillarme también!...- y agregó, en voz baja y amenazadora: -Y después, cuando matan a uno, dicen que nosotros somos los malos!- nos dió una última y furiosa mirada y salió, colocando bruscamente el saco en el hombro. En un instante su bulto se perdió en medio de las personas que pasaban.
Todos permanecimos paralizados durante algunos segundos, evidentemente impresionados con las palabras del mendigo. Algunos clientes comentaban en voz alta el incidente, otros pescaron apresuradamente sus remedios y salieron de la farmacia. Alguien se quejó de tener que tolerar ese tipo de individuo, que debería estar internado en alguna institución en vez de andar suelto por ahí perturbando a las personas de bien. Otra dió una rápida mirada dentro de su cartera... El clima quedó denso y pesado, tuvimos que hacer un esfuerzo para poder retomar nuestro comportamiento amable y sonriente y así hacer que los clientes olvidasen al hombre y sus palabras, evitando una desbandada general... Pero yo me quedé asustada. Será que aquello era una amenaza? Iría regresar más tarde, tal vez acompañado, para atacarnos o asaltar la farmacia? Estaría esperando en la esquina, escondido, para cobrarme mi falta de caridad?... Pero parecía una criatura acostumbrada y resignada a sufrir impotente ese tipo de tratamiento, tanto, que fué capaz de adivinar certeramente mi recelo y mis disculpas para no atenderlo. Sus palabras daban vueltas y más vueltas en mi mente, y cuanto más las escuchaba y recordaba la expresión de perplejidad y resentimiento en su cara dura y sufrida, aquella primera sensación de tristeza y malestar se volvía más fuerte y dolorosa. Poco a poco, la primera impresión de miedo y repulsión delante de su figura fué desapareciendo, transformandose y mostrandome otra realidad: un hombre solo y desamparado, tal vez sintiendo dolor, com hambre, quién sabe muriendose de ganas de bañarse, sin saber dónde dormiría esta noche, vagando por las calles sin destino, tal vez cargando recuerdos de personas amadas que perdió por el camino. Un ser humano que dependía de la caridad de quien lo despreciaba y lo humillaba para conseguir hasta las cosas más básicas. Una criatura que nada poseía y nada esperaba, marcada apor el fracaso y la miseria, probablemente dueño de una historia de la cual nosotros podríamos aprender muchas cosas, si sólo tuviéramos tiempo de escucharla. Pero vivimos demasiado ocupados con nuestros propios problemas e intereses, con nuestras luchas mezquinas y fútiles como para prestar atención en alguien como él.
Avergonzada y aplastada por el peso de mis preoconceptos, me dieron ganas de largar todo y correr a esconderme en algún agujero donde nunca nadie me encontrase. Me dí cuenta de que quien me esperaba en la esquina para cobrarme mi falta de caridad no era bien aquel mendigo, sino mi propia consciencia, que en la imagen de ese hombre me mostraba la hipocrecía y el egoísmo que impregnaban la mayoría de mis pensamientos, intenciones y actitudes, mismo sin que me diera cuenta.. Pero que estaban allí y se mostraban en cada situación... Por qué tanto miedo de nuestro semejante? Por qué juzgar sin conocer? Por qué condenar sin saber si realmente existe aguna culpa? Por qué no perdonar los errores ajenos? Por qué exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar?... Por qué la apariencia es tan importante que nos impide aproximarnos, confiar, ser misericordiosos?
Mientras regresaba lentamente a mi trabajo atrás del mostrador con las recetas y las cápsulas, llegué a la conclusión de que, a final de cuentas, talvez mi madre estuviese equivocada y la primeira impresión ni siempre es la que cuenta, pues hay muchas cosas que ignoramos por detrás de ella y que, si nos diéramos el trabajo de conocer, tal vez mudasen nuestra opinión sobre alguien... Aquel incidente, que había dejado mi corazón pesado y triste, llenaba mi cabeza de preguntas que ahora no podía más responder. Y si yo hubieras preguntado? Y si yo me hubiera interesado de verdad? Y si yo hubera escuchado? Y si yo hubiera prestado más atención? Y si yo hubiera dejado mis preconceptos de lado? Y si yo no me hubiera dejado llevar por la primera impresión?...
Assinar:
Postar comentários (Atom)
Nenhum comentário:
Postar um comentário