Ya sé que dije que postearía esta historia en el fin de semana, pero resulta que las cosas no salieron como esperaba y al final sólo estoy consiguiendo postearla hoy. Menos mal que entro a trabajar a las 17:00 (increíble, mi horario cambió de nuevo!) entonces créo que voy a tener tiempo suficiente para publicar las dos crónicas, en portugués y en español... A no ser, claro, que mi siesta se prolongue más allá de lo permitido (anoche me fuí a acostar un poquitín tarde)... Pero no, hoy no me puedo dar ese lujo porque tengo que ir al centro de salud para vacunarme contra la gripe suína, y como no pretendo pescarme una fila interminable de embarazadas (porque esta es la semana de las gestantes, enfermos crónicos y cardiopatas) entonces tengo que aparecer por allá en el medio de la tarde si no quiero quedarme sentada en la sala de espera para siempre o pescarme alguno de esos vírus que pululan para todos lados en ese tipo de locales y lo asaltan a uno sin el menor aviso si permanece más de una hora por allí.
Entonces, antes de ser cruel y fríamente pinchada por la aguja nada amable de alguna enfermera, aquí vá la primera parte de la historia, que también es una de aquellas del desafío "escribir sobre cualquier cosa" en que mis alumnos de redacción me metieron.
Cuando miro esta foto no puedo dejar de reírme al recordar todo lo que maquinamos durante aquella fiesta junina en la casa de Karen y de las consecuencias de nuestras jugarretas. Para ser sincera, nadie esperaba que las cosas salieran de esa forma, pero a pesar de todo, no créo que ninguno de nosotros se haya arrepentido más tarde. Ya dicen que Dios a veces escribe derecho por líneas chuecas y supongo que esto se aplica perfectamente en este caso, pues El no podría haber escogido líneas más chuecas que nosotros para llevar a cabo sus planes!.
Como lo hacíamos todos los años, empezamos a planear aquella fiesta junina con casi dos meses de antecedencia. Esta vez, acontecería en la calle donde vivía Karen y nos cabía a nosotros la organización y divulgación del evento, pues disfrutábamos de un cierto prestigio en nuestra pequeña ciudad debido al éxito de las fiestas que organizábamos. En ellas, todo el mundo se divertía, bailaba y cantaba, nunca faltaba comida o bebida, había lugar para todos, siempre conseguíamos que algun músico para que hiciera un show al vivo y nuestra decoración era de primera calidad. Pero lo mejor de todo era que nunca salió una peléa, ni un empujón un un gesto obsceno en ninguna de las fiestas y la policía jamás tuvo que ser llamada por causa de música demasiado alta o alborozo exagerado. Esto hacía que las personas siempre nos llamaran para organizar sus fiestas juninas y comparecieran en peso para divertirse sin tener que preocuparse de nada. Así, aquel año, un grupo de moradores entró en contacto con nosotros a través de nuestra amiga Karen -que vivía en esa calle- pidiéndonos que tomáramos cuenta del evento. Claro que aceptamos, pues fuera ganar algún dinerillo extra, podríamos divertirnos y dejar a nuestra amiga en las alturas delante de la vecindad. Entonces, en los primeros días de abril ya convocamos a una reunión para distribuir las taréas y abrimos un fondo destinado a la compra de los ítems imprescindibles para que todo saliera como esperábamos. Poco a poco fuimos almacenando maní, papas, camotes, maíz, gengibre, fuegos de artificio, sombreros de paja, balones, banderitas coloridas, cordel, ramas de eucalipto y tablas para la construcción de las barracas. Agendamos el arriendo de mesas y sillas, manteles y adornos y combinamos con un dúo de música típica de la misma ciudad para que se presentara durante la semana. También fuimos atrás de un buen equipo de sonido y recorrimos los alrededores juntando ramas secas y pedazos de tronco para armar nuestra hoguera. Todo esto iba siendo cuidadosamente guardado en la casa de Karen, que poco antes de la fiesta ya estaba pareciendo la cueva de Alí babá y los cuarenta ladrones. Nuestras adquisiciones tomaban cuenta del patio, la terraza, los cuartos, la despensa, los armários e inclusive el garage, de manera que el pobre don Andrés, padre de Karen, era obligado a dejar su cacharrito a la intempérie por nuestra causa. Cuando reclamaba demasiado, pues las palomas y gorriones estaban echando a perder la ya descascarada pintura del carro, su mujer lo llevaba a un rincón y le daba un tremendo sermón, lleno de pasión y ademanes grandiosos que nadie conseguía escuchar, y poco tiempo después don Andrés regresaba, manso como un cordedito y con una sonrisa de sumisión y arrepentimiento en su cara menuda y, dando un profundo suspiro, se iba allá afuera, pescaba la manguera y pasaba las dos horas siguientes refregando la mugre de los pájaros del techo y el capó del su cacharro verde limón fosforescente.
-Bien que podía refregar hasta que saliera todo ese color horroroso.- refunfuñaba su mujer, observándolo desde la ventana de la sala -Dónde ya se vió pintar un auto de verde limón fosforescente?
-Pero, mamy...- replicaba Karen, conciliadora -El auto ya tenía ese color cuando el papá se lo compró a don Kemil.
Entonces, la madre hacía un gesto de desdén y volvía a la cocina diciendo:
-Comprase un auto de otro que tuviera mejor gusto entonces.
Karen se derrumbaba en el sofá y ,dando un suspiro de resignación, nos miraba y se encogía de hombros.
-No sé por qué mi mamá le tiene tanta tirria a ese auto. Le pegó rabia desde el primer momento en que lo vió!
-Bueno, a lo mejor es porque el papá no le preguntó nada sobre la compra y simplemente apareció un día aquí con el auto como un hecho consumado.- explicaba Sérgio, el hermano menor de Karen -Y tú sabes que a la mamá le gusta saber todo lo que sucede en esta casa... Inclusive lo que no debería.- agregaba, resentido.
Karen le daba una mirada reprobadora y decía:
-Sí, pero es que con esas tipejas con que andas saliendo, no es para menos, no?
-Qué es lo que quieres decir con eso?...- exclamaba Sergio, todo erizado -No son tipejas!... Para tu información...
-Escuche, escuchen...- intervenía yo, pacificadora -Acuérdense de que estamos aquí por causa de la fiesta. Vamos a dejar los problemas personales para otro día, sí?...
Sergio hacía un esfuerzo para tragarse la rabia y Karen cruzaba los brazos sobre el pecho y miraba para otro lado. En aquel instante parecía que aquellos dos nunca más se dirigirían la palabra nuevamente, pero nosotros sabíamos que poco tiempo después lo olvidarían todo y continuarían amigos como siempre. Ya nos habíamos acostumbrado con eso, pues parecía que el único tema de discusión entre ellos eran las famosas pololas de Sergio, que nadie en la casa aprobaba. Todas las veces que nos reuníamos para discutir los detalles de la fiesta, de alguna manera el tema venía a colación y los dos terminaban agarrándose. Un completo desperdicio de energía, pensaba yo, porque nunca iban a conseguir ponerse de acuerdo en nada.
Las cosas caminaban como esperado y cerca del fin de mayo ya estábamos con todo preparado. Lo único que sobró para los vecinos fué la confección de los disfraces, para los cuales se nos ocurrió organizar un desfile el último domingo con derecho a premio y todo, lo que despertó una electrizante competencia entre las señoras, que se lo pasaban horas en la máquina de coser, o de aguja en la mano, para confeccionar el disfraz más original y bien hecho. También organizamos un desfile para escoger a la novia, lo que suscitó otro tornéo de encajes, vuelos, cintas, coronas, velos, ramalletes y guirnaldas. Pero la verdadera complicación se dió a la hora de escoger a los jurados, pues la mayoría era pariente de las candidatas, de modo que ellos prefirieron que nosotros nos encargáramos de esta parte, ya que no teníamos nada que ver con nadie de allí.
Llegado el primer fin de semana estábamos ansiosos para ver si todo iba a salir como lo habíamos planeado. Nos pasamos la semana entera construyendo barracas, colgando banderitas en los postes y árboles, pegando balones y preparando barras de dulce de maní azucarado, manzanas confitadas, vino con gengibre, dulce de zapallo y arroz con leche... El olor del gengibre se me quedó pegado en los dedos por algunos días, no importa con qué me las lavara, y pasé varios meses sin conseguir ni mirar de lejos maní y zapallo, pero al final todos los sacrificios valieron la pena, pues aquel primer fin de semana fué un completo éxito. Todo el mundo vino a carácter y dispuesto a divertirse, comer y bailar hasta caerse.
En el medio de la fiesta, Karen me pidió que fuera a buscar su cámara para que le sacáramos una foto a todo el equipo con la calle adornada e iluminada al fondo.
-Otra para nuestro currículo.- expresó, satisfecha, con una sonrisa de oreja a oreja.
Fuí sin demora a buscar la cámara en la casa, que estaba una locura con todo aquel entra y sale de personas llevando bandejas, botellas, tiestos de arroz con leche y dulce de maní, más algunas en la cocina revolviendo las enormes ollas de vino con gengibre y friendo papas y empanadas, y otras en la cuba de la terraza lavando toneladas y más toneladas de platos, cubiertos y vasos. También tropecé con gente en la sala que estaba llenando globos y desempaquetando más premios para la pesca, pues los chiquillos ya se los habían llevado todos... Mientras me dirigía hasta el cuarto de Karen le dí una rápida ojeada a todo aquello y sonreí, porque era realmente agradable ver a toda esa gente trabajando unida y feliz por el éxito de esta empresa.
-Es así que las coisas funcionan.- me dije a mí misma, entrando por el corredor que llevaba a los cuartos.
Abrí la puerta y entré rápidamente, encendí la luz y me dirigí hacia el armário en el cual Karen me había dicho que guardaba la cámara. Este ya estaba abierto de par en par y mostraba un increíble desorden de zapatos, ropas, bolsas y cajas de todos los tipos, tamaños y colores. Los cajones estaban abiertos y revueltos y algunas piezas yacían en el suelo, mezcladas con las flores de papel crepé que hacían parte de los arreglos de las mesas.
-Puchas!...- exclamé, parando delante de aquella confusión -Cómo voy a encontrar alguna cosa aquí?.
Me agaché y prácticamente me zambullí dentro del armário para ver si conseguía descubrir dónde, en medio de las faldas, sostenes, medias, pantalones y zapatillas, podría estar la bendita cámara... La idéa de desistir de registrar el éxito del equipo en otra fiesta junina me vino a la cabeza mientras jalaba los tirantes del traje de baño rojo de Karen, que estaba enroscado en una maleta negra en el fondo del armário. Será que una foto -otra más- vallía esta aventura por los territorios vírgenes e inexplorados del despelote privado de mi amiga?... Empecé a pensar que no, sobre todo cuando sentí que el tirante se rasgaba ruidosamente con mi último tirón. Entonces, abdicando cobardemente de mi misión, saqué el cuerpo del armário y me quedé arrodillada en el suelo, toda despeinada y empapada de sudor, jadeante y con las costas endurecidas. Sorbí y traté de arreglarme el pelo, sosteniendo el traje de baño por el tirante rasgado. Lo miré y tragué en seco.
-Diablos, la Karen me vá a matar por esto.- murmuré, afligida.
Entonces, una voz masculina vino desde mi espalda, suave y gentil, interrumpiendo mis consideraciones sobre cómo sería perder a mi mejor amiga.
-Necesitas ayuda ahí?...- preguntó, con un dejo de risa en la voz
Sobresaltada, solté el traje de baño y me volví. Sentado en la cama, entre los cojines y los bichos de peluche que Karen coleccionaba, estaba Sergio, sonriendome.
-Ay, pero qué susto me has dado!...- exclamé, pescando el traje de baño de nuevo y escondiendolo atrás de mí espalda. -Qué es lo que estás haciendo ahí en la obscuridad?
El se encogió de hombros y suspiró. Parecía disgustado y medio triste, lo que era algo totalmente anormal en él.
-Ah, hay demasiada gente y demasiado desorden allá afuera.- respondió, desanimado.
Me levanté y fuí hasta la cama, sentandome a su lado.
-Estás bien, Sergio?.- le pregunté, escrutando su cara menuda, en la cual se destacaban los enormes ojos de un azul profundo.
-Sí, claro.- contestó, irguiendo los hombros, y se quedó jugueteando con los flecos de la colcha.
-Ah, no, no estás... Yo te conozco! Si no estás allá afuera divirtiendote con los otros es porque algo muy grave está aconteciendo.- repliqué, preocupada, apoyando me mano en su brazo -Anda cuéntame, qué te pasa?
El irguió la cabeza y me miró por algunos momentos, como evaluando la posibilidad de abrirse conmigo, pero no dijo nada.
-Anda, Sergio, tú sabes que puedes confiar en mí...- lo animé, sonriendo -Prometo que guardo tu secreto... si tú guardas el mío.- agregué, mostrandole el traje de baño con el tirante rasgado.
Entonces, abrió una leve sonrisa.
-Anda! -insistí, tirando el traje de baño de vuelta al armário -Somos amigos o no somos?...
Entonces, se tendió en la cama y empezó a hablar...
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