segunda-feira, 29 de março de 2010

Los solitarios - parte II

Un poquitín atrasada, pero aquí vá la segunda pate del cuento. Más vale tarde que nunca, verdad?... No iba a dejarlos en suspenso!... Y no se preocupen más porque a partir de esta semana prometo que me voy a organizar como gente decente y voy a retomar los horarios, rutinas, dietas e ejercicios que anduve abandonando por causa de la vuelta de mi hija a nuestra casa. Entonces, pasada la novedad, pretendo seriamente regresar a mi existencia organizada y creativa (tambén en la parte literaria) para no quedarme tanto tiempo sin postear historias aqui. Si no, ustedes terminan olvidandose de mí!...
Y aquí vá, finalmente, la conclusión del cuento. Espero que les guste.


Entonces, él se recostó en la cama y empezó a hablar, pero sin mirarme, pues estaba en esa edad en que la timidez es casi una enfermedad incurable, sobre todo tratandose de hacer confesiones o aclarar dudas espinosas... En resumen, su drama se reducía a su total falta de tino para conseguir una polola que su familia aprobara y que su hermana no llamara de "tipeja". Pero cómo era posible que nunca acertara al escoger? Acaso tenía algún letrero escrito en la frente que atraía solamente ese tipo de chicas?.
-Pero por qué te quedas con ellas si sabes que no son buenas y que todo el mundo te vá a criticar?- inquirí, perpleja, pues percibía que a él tampoco le gustaban esas niñas.
-Pero todos en el grupo tienen una polola o están de ojo en alguien!... Cómo voy a andar por ahí solo? Se van a reír de mí y van a empezar a ponerme todo tipo de motes estúpidos!- explicó Sergio, sinceramente afligido -Tú no conoces a estos tipos, Angélica, son terribles. Y cuando quieren acabar con alguien lo persiguen y no se quedan sosegados hasta que no lo derriban.
-Entonces es por eso que vas y te metes con la primera que aparece? Sólo para que no te hagan burla?- pregunté, cada vez más espantada con el comportamiento machista y tiránico de aquellos muchachos -Por qué andas con ellos si son tan desgraciados y te obligan a hacer lo que no quieres?...
-Nadie me obliga a nada!- se defendió Sergio, enderezandose de un salto en la cama -Yo lo hago porque quiero, porque me gusta ser parte del grupo, está bien?
-Pero crées que ese sacrificio vale la pena? Date una mirada!...- le dije, empezando a irritarme con su actitud tan infantil y submisa -Francamente, Sergio, no esperaba eso de tí.
El se levantó y se dirigió hacia la puerta.
-Ah, olvídate, yo sabía que no lo ibas a entender.- declaró, enojado -Es mejor ir a dar una vuelta por ahí... Quién sabe no encuentro otra tipeja y le doy unos besos y unos agarrones.- concluyó, desapareciendo por el corredor en penumbras.
Me quedé sentada en la cama durante algunos minutos, reflexionando sobre todo aquello; sobre el sufrimiento secreto de mi amigo, sobre la influencia absurda del grupo sobre él y sobre lo que era obligado a soportar para no volverse motivo de chacota y humillación entre ellos. Me pareció algo injusto e indignante, porque Sergio era un buen muchacho que, desgraciadamente, sin darse cuenta estaba metiendose en problemas sólo para exorcizar su inseguridad y afirmar su posición dentro del grupo. Pero será que no era capaz de darse cuenta de que esa probación no valía la pena? Luego todo aquello pasaría y entonces podría ser demasiado tarde para concertar los errores que estaba cometiendo. La adolecencia es tan breve, pero no sé por qué nos dá esa impresión de que vá a durar para siempre y que nada más será importante después de ella; y es justamemnte ahí que está el peligro, pues en busca de aprobación y seguridad podemos terminar abriendo puertas o recorriendo caminos que nos lleven al desastre... Y fué eso que percibí al escuchar el relato de Sergio, igual a tantos otros de que tenía conocimiento. Si alguna cosa no fuera hecha, él acabaría haciendo alguna estupidez y transformandose en otro número en la estadística de víctimas de malas influencias.
Decidida a solucionar aquel embrollo, me levanté de la cama y volví a la fiesta con pasos firmes. Cuando llegué donde el grupo estaba reunido, la Karen me preguntó sobre la cámara, pero yo dije que teníamos una cosa mucho más importante para resolver que sacarnos una foto para ponerla en el currículo. Conciente de que estaba quebrando la promesa que le hiciera a Sergio, los llevé a todos a un rincón y les expliqué la situación. Todos se mostraron muy preocupados - sobre todo la Karen, que ni imaginaba que aquello estaba sucediendole a su hermano- y decidimos pensar juntos en una solución, pero nada tan obvio que hiciera que Sergio desconfiara que yo lo había traicionado.
-Pero fué por una buena causa- me consoló Santiago al ver mi expresión de culpabilidad.
Permanecimos un buen tiempo sentados en aquel rincón imaginando todo tipo de estrategias y salidas, mientras la fiesta corría, pero luego vinieron a decirnos que nuestra presencia era requisitada para la elección de las primeras finalistas al puesto de novia de la fiesta y ahí tuvimos que dejar nuestras deliberaciones para más tarde. Quedamos de encontrarnos en una de las barracas al final de la fiesta para continuar la conversación y en seguida fuimos a tomar nuestros lugares en la mesa de los jurados. Yo me quedé rondando por allí, confiriendo si todo estaba yendo bien, cuando de repente ví, sentada en la barraca de la pesca y rodeada por una docena de chiquillos que se empujaban para agarrar alguna de las cañas de pescar, a una muchacha pequeña y delgada, de cabello pelirrojo peinado en dos gruesas trenzas, vestido de flores amarillas y verdes y unas pecas pintadas en las mejillas. Nunca la había visto antes, jamás había comparecido a ninguna de las reuniones que habíamos convocado ni la ví participando en la confección de adornos, comidas o disfraces.. De lejos parecía tan niña cuanto el grupo que tomaba cuenta de su barraca, y de vez en cuando lanzaba una mirada de desamparo y aflicción hacia las personas que danzaban, comían y se divertían, como pidiendo socorro, pero ninguém lo notaba. Por momentos parecía que iba naufragar en medio de aquella maréa de chiquillos gritando, saltando y peleandose para agarrar los premios. Trataba, sin éxito, de imponer un poco de orden en la chiquillada batiendo palmas y apartandolos para que no pelearan, pero su voz mal se oía... Intrigada, me quedé observandola de lejos, preguntandome quién sería y cómo había ido a parar en aquella barraca. A quién se le habría ocurrido la idéa de que ella tendría autoridad suficiente para lidiar con ese torbellino de niños desesperados y gritones?, me pregunté, sintiendo lástima de su situación, que parecía ponerse más dramática a cada minuto... Como era mi deber de organizadora evitar que este tipo de incidente ocurriera, decidí ir hasta allá y darle una mano, pues ya estaba viendo lágrimas asomandose en sus grandes ojos verdes.
-Vamos a ver, vamos a ver, niños!...- exclamé con una voz alta y gruesa, para impresionar a las fieras.
Sobresaltados, los niños pararon de saltar y gritar y se volvieron hacia mí. La muchacha pelirroja también me miró, con la expresión de quen ve un ángel aparecer a las tres de la tarde de un lunes en plena plaza pública, soltó un inmenso suspiro de gratitud y se limpió disimuladamente las lágrimas.
-Eu quiero una caña!- gritó un chiquillo gordo y maleducado, que tenía un bigote negro todo chueco pintado en la boca.
-No, yo llegué primero!- aulló otro, empujandolo para colocarse delantede él. Este estaba todo sudado y las pecas pintadas en sus mejillas se habían convertido en una mancha grasosa que llegaba hasta sus grandes orejas.
-Eso no es verdad!- intervino una niñita, ostentando un sombrero de paja lleno de flores y dos trenzas de nylon negro cosidas en él -Los dos estaban al final de la fila, tía!...- y todos los otros niños hicieron un escándalo, concordando con su amiguita.
-Muy bien, muy bien! Calma, no vamos a llegar a ninguna parte con esa pelotera!.- exclamé, golpeando las manos para hacerlos callar - Vamos a organizar de nuevo la fila y nadie... Nadie, dije!- repetí con voz de trueno y ojos llameantes clavados directamente en los dos mocosos que habían empezado el tumulto -Nadie va a cambiar de lugar, entendido?
En un instante, los niños formaron una fila bien comportada y silenciosa, lanzandome de vez en cuando unas ojeadas de puro respeto y contrición que me hicieron sonreír entre dientes. Dominado el motín de aquella inquieta tripulación, pesqué un banquillo y me senté al lado de la muchacha pelirroja, que también me miraba con profunda admiración y respeto.
-Qué alivio!...- comentó, sonriendo -Se no fuera por tí, no sé qué habría hecho!
-Probablemente habrías salido huyendo o te habrías comido todas las cañas de pescar- le respondí, sintiendo que había ganado su confianza -Eres de por aquí?- inquirí en seguida.
-Acabé de llegar de Estados Unidos. Estaba en un intercambio.- me respondió, ya relajada.
-Entonces no estás muy encajada que digamos, verdad?- indagué, comenzando a esbozar mi plan de ataque.
-No, no conozco a casi nadie. Hay mucha gente nueva en el barrio, pero mismo así quise participar de la fiesta. Allá en Estados Unidos no hay nada así.
-Es verdad, sólo Brasil para inventar tanta fiesta!... Y ahora tienes que recuperar el tiempo perdido!.
Ambas nos reímos y continuamos conversando mientras los niños, ahora con menos desorden y gritería, disputaban los premios. La muchacha se llamaba Heloisa y era la hija menor de una de las moradoras de la calle, doña Helena. Había estado tres años fuera perfeccioanndo su inglés y había vuelto hacía dos semanas para retomar los estudios y su vida aquí, pero todavía sentía un poco de dificultad para se adaptar, sobre todo al clima. Tenía diecisiete años y, lo más importante, ningún pololo o admirador. Todavía no había tenido oportunidad de ir a ninguna fiesta y la mayoría de las reuniones eran en familia, pues los padres y hermanos querían matar su nostalgia con todo tipo de mimos, paseos, visitas a parientes y largas pláticas en el porche o en la plaza del barrio. Me confesó que a veces se sentía medio sofocada con tanta atención, pero yo le dije que eso era normal. Su familia queria aprovechar sus presencia antes de que encontrase nuevos amigos e empezara a quedarse menos tiempo en la casa y más en el shopping, en fiestas o en la casa de amigas.
-Pero así nunca voy a poder conocer a nadie!- reclamó, impaciente -Ellos están todo el tiempo atrás de mí!
-Calma que eso pasa, Heló...- reí yo, divertida con su aflicción -Dales un tiempo, sé paciente.
Suspirando con resignación, ella asintió. Entonces, le dije que tenía que circular por ahí para ver si todo estaba corriendo bien y salí de la barraca, prometiendo volver así que pudiera. En verdad, lo que yo quería era encontrar a mis amigos para contarles acerca do mi pequeña y preciosa caldera de oro, pues el plan que había empezado a elaborar en el momento en que vi a Heloisa, ya estaba completo. No podía fallar, ella era demasiado perfecta.
Fué así que hicimos aquella locura inolvidable y que terminó de una forma tan inesperada. Robson y Samuel fueron a buscar a Sergio para pedirle que fuera a la casa de Karen a buscar algunas cosas que estaban empezando a faltar en la fiesta: bolsitas de dulces y azúcar para caramelizar las manzanas del amor. Demoraron un poco para convencerlo, porque él alegó que no formaba parte de la comisión organizadora y por lo tanto no tenía por qué andar corriendo atrás de cualquier cosa, pero Robson y Samuel terminaron por quebrar su resistencia prometiendole una pequeña "ayuda de costo" en la compra de su nuevo computador... Cuando nos contaron sobre aquel soborno descarado algunos reclamaron, pues tendrían que sacar de los lucros del trabajo para cumplir aquel acuerdo, pero yo les recordé nuestro objetivo, que era mucho más noble e importante que perder algunos billetes de diez e de cincuenta.
-Pero qué es eso?...- los reprendí -Se trata de nuestro amigo Sergio! O ya se les olvidó? Vamos a tener muchas otras fiestas para recuperar la plata, pero no vamos a tener otro amigo como él!.
Entonces, todos pararon de refunfuñar, avergonzados, y decidieron continuar con el plan.
La Jussara y yo fuimos a la barraca de Heloisa y yo la llamé con el pretexto de que necesitaba a alguien que me ayudara a buscar unas cajas de manzanas en la despensa de la casa de Karen. Ella me quedó mirando medio raro, porque debe haberse dado cuenta de que la Jussara, que estaba a mi lado, era mucho más fuerte que ella y probablemente se preguntó por qué no le pedía a ella que me ayudara, pero como se sentía en deuda conmigo por causa del incidente en la barraca, se prestó de buen grado a acompañarme. Dejamos a la Jussara en su lugar, ciertas de que delante de su imponencia la chiquillada no osaría hacer desorden, cambiar de lugar o tratar de agarrar los premios sin la caña, y fuimos a la casa de Karen.
-Las cajas están en la despensa, Heló, anda adelante que yo voy a la cocina a preguntarle a la mamá de la Karen cuántas está necesitando.- dije, sonriendo con la mayor desenvoltura y rezando para que los muchachos hubieran llevado a Sergio hasta allá y él ya estuviera zambullido en los saquitos de dulces y el azúcar -Tienes que doblar por ese corredor, salir a la terraza y te vas a encontrar de frente con la desensa.
Inocente de nuestro complot y nuestras esperanzas, Heloisa obedeció con su bella sonrisa y se dirigió hasta el cuartito que yo le había indicado, abrió la puerta y entró. Inmediatamente, yo corrí hasta allá y sin que ella se diera cuenta, cerré la puerta bien despacio, rezando para que no crujiera, saqué la llave del bolsillo y tranqué a los dos allí dentro sin el menor remordimiento.
La verdad es que ninguno de nosotros sabe hasta hoy qué fué lo que pasó dentro de la despensa aquella noche. Sergio y la Heló nunca quisieron contarnos, como castigo por nuestro complot, pero todos concluimos que ese encuentro forzado debía haber sido no solamente planeado por nosotros, sino también por alguien allá encima que estaba con la misma idéa en la cabeza, porque cuando fuimos a abrir la puerta del cuarto, más o menos como a las cuatro de la mañana, cuando la fiesta ya estaba terminando, ambos salieron con las manos entrelazadas y una sonrisa boba en la cara y ni siquiera quisieron saber de nuestras explicaciones fantásticas sobre cómo ese "accidente" podía haber acontecido... Simplemente se alejaron conversando y riendo como si aquello hubiera sido la cosa más normal del mundo. Todos nos quedamos boquiabiertos, pues estábamos preparados para un ataque de furia, lágrimas, recriminaciones, alguna maldición hasta la quinta generación y hasta unos bofetones, pero no para aquella escena de película romántica!.
-Puchas!...- exclamó la Karen, de ojos brillantes -Pero qué éxito!... Mira que como Sergio es de picado, podría haber pasado cualquier cosa, y en vez de eso... Mírenlos! No estoy creyéndomelo!- entonces, se volvió hacia nosotros y con voz emocionada agregó -Ni sé cómo agradecérselos... Se pasaron. Confieso que no creí que ese plan loco iba a resultar, pero parece que el universo también estaba conspirando para juntar a esos dos solitarios.
-Lo que tiene que suceder, siempre sucede.- sentenció Teresa, con su usual aire de pitoniza, y todos nos reímos.
-Bueno, yo créo que ahora sí es hora de sacarnos esa foto! -exclamé -Esta fiesta fué realmente un éxito!
-La mejor de todas!.- concordó Samuel -Anda a buscar la cámara!
Entonces nos sacamos esta foto que está en mi álbum ahora, con todo el grupo en la terraza de la casa de la Karen, que ya no es más azul ni tiene techo de cemento, pero que conserva nuestros recuerdos más queridos. Véo los rostros de mis amigos: André y su polola, la Julia, la Jussara y su sonrisa de gata, Samuel haciendole cuernitos a la cabeza de Rogerio, que siempre aparecía tan serio en las fotos, la Karen de brazos abiertos y riendo, Robson con las manos en los bolsillos, apoyado enla pared con esa sonrisa medio tímida y el cabello en la frente... Recuerdo sus voces, sus gestos, la alegría de aquella noche muy loca, del olor de vino con gengibre y dulce de camote, de la música folklórica ecoando en la calle iluminada por centenas de banderitas coloridas... Sergio y la Heloisa no aparecen en esta foto, pero no porque estaban enojados con nosotros... De ellos tengo otra foto: ella con su vestido blanco, el velo bordado y la corona de flores amarillas adornando sus cabellos rojos peinados en un elegante moño, y Sergio muy elegante con el terno gris y la flor amarilla en la solapa, cabellos impecablemente peinados y la alianza brillando en su dedo anular izquierdo. La otra foto que tengo es la de ellos con los dos hijos, Samuel y Liza. El, gordito y rozagante, de cabellos de fuego encaracolado y enormes ojos verdes y ella, un bebé aún, con una toquita blanca destacando su pelo negro y la manita extendida hacia la cámara, como si quisiera agarrarla. La sonrisa es la misma de Sergio...

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