segunda-feira, 3 de agosto de 2015

¡Fue culpa de la celebración!

    Ya sé que había dicho que iba a publicar esos cuentos ayer, pero se me había olvidado que mi hija y yo íbamos a salir para celebrar por adelantado mi cumpleaños -en realidad es este martes, pero ella trabaja, entonces decidimos hacerlo el domingo- y salimos a almorzar, a pasear, vimos un programa de danza, yo salí  con mis perritas, tomé una rica once y... ¡ya no tenía más aliento para nada! Entonces, perdonen porque les había prometido esos cuentos para ayer. Pero en fin, aquí están, medio atrasaditos, pero pueden leerlos igual cuando lleguen a la casa al lado de la estufa y tomándose una rica sopa calientita.




                                                       CARTAS


    Pueden tacharme de anticuada, retrógrada, jurásica, lo que quieran, pero ¿ por qué no puedo sentir nostalgia de as palabras escritas en un papel? ¿De la emoción de ver al cartero aproximarse y tocar el timbre? ¿De esa sensación que hace cosquillas en el corazón al rasgar el sobre y desdoblar las hojas blancas llenas de letras? ¿De la mirada que se atropella para leer as noticias, las confesiones, las declaraciones?... Porque parecía que sosteniendo el papel en tu mano las emociones iban creciendo despacio, intensas, profundas, porque había más tiempo, porque la mente volaba al imaginar lo que las palabras describían y uno suspiraba, cerraba los ojos, se secaba una lágrima, se apoyaba la carta en el pecho, sentada en el sofá, en la orilla de la cama, en la silla de la cocina... Y no delante de la pantalla brillante de un computador. Todo escrito en abreviaturas, todo rápido, como si la otra persona en realidad no tuviera muchas ganas de escribirte. Frases pobres, sin detalles, casi sin emoción, como cumpliendo una obligación aburrida. La letra toda igual, perfecta y fría, salida no de una mano, sino de un teclado... No hay papel, sobre, estampilla, alguna mancha, unas arrugas. No hay cartero amigo al cual preguntarle o contarle algunas cosas sobre quien escribe, dónde está, cuánto se le echa de menos, si está todo bien. A final de cuentas, las cartas son escritas por personas que tienen historias para compartir y parece que al escribirlas en una hoja de papel, tomándose su tiempo, creando ese clima especial  y tan íntimo, se nos acercan más, se vuelven más reales y cálidas. La carta corre una aventura de incertidumbres hasta llegar a nuestras manos, es heroica, fiel, se puede guardar, se pone vieja y amarilla y nos recuerda todo tipo de emociones que podemos revivir cada vez que la abrimos y volvemos a leerla...
      Por eso, sólo abrí este e-mail para comunicarles a todos mi dirección, para que me manden cartas que pueda tocar y conservar en una cajita en vez de que desaparezcan en un archivo o cuando el computador se pesque un virus mortal y se pierda todo lo que hay en él.





                                             PENSIONADOS


    Y ahí están, sentaditos, quietecitos, con sus bastones muletas y bolsas, bien abrigados contra ael frío inclemente de la calle con todo tipo de abrigos, chales, gorros, guantes, bufandas y medias de lana. Ese frío que tuvieron que enfrentar bien temprano en el paradero, en el bus de asientos duros que les hace doler los huesos cansados, en la fila para tomar un número para ser atendidos. Algunos están callados, con la vista perdida a lo lejos. Otros se animan al encontrar a estos "compañeros" y conversan, cuentan de sus achaques, de los doctores y los remedios -especialmente por lo caros que están- de los nietos y los hijos que viven tan lejos... La sala de espera está templada, los asientos son  más o menos confortables, hay una televisión encendida donde está pasando uno de esos programas matinales de variedades, recetas y chismes. Unos lo ven, para distraerse y hacer más llevadera la espera. Otros dormitan, cansados. Algunos se ven tan frágiles y solitarios, están callados y cabizbajos, sumidos en sus pensamientos y problemas... La parafina, el pan, la gotera, sólo hay tallarines en la despensa, dos huevos, una gelatina y un poco de pechuga de pollo cocida que sobró de ayer. Y la pensión es esa porquería. Los remedios se la llevan toda y apenas sobra para el resto de las necesidades... Pero ahí están, fielmente, tratando de ser dignos, de resignarse, de aguantar, sabiendo que después de ser atendidos por esas muchachas tan simpáticas y animadas, van a tener que hacer el viaje de vuelta a sus casas oscuras y frías, a sus piezas apretadas en edificios arruinados, en calles sin veredas ni árboles, llenas de perros huachos y bandidos, de pobreza y olvido, y van a tener que arreglárselas para sobrevivir hasta el próximo mes, cuando esta aventura sin futuro se repetirá.



                           
                                                       PASOS


    Quien vive en departamento sabe de lo que hablo: vecinos arriba, vecinos abajo, vecinos a los lados. Y con todos sus ruidos incluidos. Cada uno tiene los suyos, con horario y todo, y casi se puede adivinar la vida que llevan con los sonidos que provienen desde detrás de sus puertas y paredes. Por ejemplo, la señora de abajo es bastante discreta, pero tiene un poodle temperamental que se pone nervioso y ladra sin parar todas las veces que ella recibe visitas. Hace unas fiestas animadas algunos fines de semana y habla por teléfono a toda boca en la terraza con alguien que debe vivir en el extranjero, porque generalmente las llamadas son a unas horas bien extrañas. Lo peor es cuando fuma y suelta el humo por la ventana porque me llega todo a mi living y me veo obligada a cerrar los ventanales y mi departamento queda oliendo a lo que almorcé ese día durante una semana... Los vecinos de los lados como que van y vienen. A veces están por un par de semanas, llenos de peleas, chiquillos gritando y maletas, y después se van y queda todo deliciosamente silencioso. Yo creo que son de otra ciudad y compraron este departamento para venir a pasar feriados largos y vacaciones.
    Ahora, mis vecinos de arriba... Son un misterio y una constante preocupación, porque creo que un día uno de ellos va a aterrizar en el medio de mi living, tanto es el ruido que hacen. De ellos sólo escucho los pasos. De zapatillas, tacos altos, botas, de saltos y carreras. Algunos portazos al amanecer -parece que les gusta la jarana- unas pelotitas rebotando y deslizando por el suelo y unos golpes sordos que parecen los intentos de ejercicio de alguien gordo y torpe. Eso fuera los taladros y martillazos los fines de semana o justo cuando estoy tratando de dormir mi sagrada siestecita... ¡Parece que están en eterna remodelación o que compran estantes y cuadros nuevos toda semana!... A veces son pasos rápidos y leves. Otras pesados y lentos. En algunas ocasiones firmes y claros, en otras irregulares y arrastrados. ¡Hasta parece que conversan entre si! llevan una vida sin horarios, parece que no pasan mucho tiempo juntos y salen separadamente a cualquier hora. ¿Es una pareja con un hijo gordo? ¿Son jóvenes profesionales? ¿Son una pareja que está tratando de congeniar?... A veces me dan ganas de subir y tocar el timbre sólo para verles las caras y comprobar si corresponden a la imagen que yo me he hecho escuchando sus pasos...
    Y de repente me pregunto, sobresaltada: ¿será que mi vecino de abajo también escucha mis pasos y se pregunta las mismas cosas?


     

Nenhum comentário:

Postar um comentário