Bueno, y después de este receso operatório por mi hija -que está yendo muy bien- vuelvo a mi rutina y como estoy más tranquila, la inspiración ya está volviendo también, entonces, ¡prepárense para una nueva cosecha de cuentos!... Ya estoy con una hojita llena de anotaciones para desarrollar, así que van a tener historias para leer al lado de la estufa, con certeza. Entonces, aquí van otras tres. ¡Que los disfruten!
LA TRANSFORMACIÓN
Nunca se supo de dónde llegó, pero un día en la mañana apareció en medio de la turba de borrachos que se juntaba en la plaza, desentonando con su ropa limpia y planchada y sus zapatos lustrados, el rostro afeitado, las uñas impecables y los dientes blancos. Y ese hablar pausado y coloquial, educado, lleno de tolerancia y una extraña tristeza. Primero, los curados lo agarraron a tallas y hasta le pidieron plata para ir a comprar algo para comer, pero él no se dio por aludido y les siguió la corriente, sonriendo con indulgencia delante de la desfachatez del grupo. Se sentó tranquilamente en un banco a su lado y empezó a conversar, les pasó cigarros y con su plata los acompañó a comprar más cerveza y vino a la botillería de la esquina. El grupo estaba desconcertado, desconfiado de tanta generosidad y simpatía de parte de un tipo al que nunca habían visto y que, obviamente, no pertenecía a su clase. Pero el Carlitos -así dijo llamarse- siguió volviendo todos los días, quedándose cada vez hasta más tarde, trayendo algunos regalos y un poco de plata que alegremente repartía con la pandilla. No le importaba que anduvieran andrajosos y apestaran, que hablaran a gritos y a veces se agarraran a combos por tonterías, que pidieran limosna y que durmieran amontonados en un colchón viejo arrimado a una pared. Al contrario, parecía sentirse totalmente cómodo y, pasada la primera sorpresa, todos lo acogieron sin preguntas ni condiciones. ¿De dónde venía? ¿Cuál era su historia? ¿Había una familia, hijos, un trabajo? ¿Cuál había sido el fracaso, la decepción, la mala suerte que lo había llevado allí? ¿De qué huía? ¿Qué pretendía olvidar? ¿Por qué había escogido esa vida?... Y Carlitos, poco a poco, día tras día, fue mimetizándose con aquellos borrachos, comenzó a hablar y a gesticular como ellos. Su figura se transformó, su ropa fue deteriorándose, llenándose de manchas y agujeros, de arrugas y mugre. Los zapatos los perdió en algún momento y ahora andaba con unas chancletas que había encontrado en un basurero. Le creció la barba, se le enturbiaron los ojos, las uñas se le pusieron negras y aprendió a beber como un profesional.... Pero nunca perdió la elegancia al dirigirse a las personas para pedirles algunas monedas. La voz le salía un poco insegura y gastada, pero continuaba siendo encantador y sereno, con una distante y elegante tristeza que nunca nadie consiguió quitarle. Ese era su secreto y los otros aprendieron a respetar su silencio.
Y así como había aparecido aquella mañana, un día se fue al anochecer y no regresó más. Los borrachos lo vieron alejarse, tambaleando, hacia las sombras de un callejón, seguido por unos perros que andaban con ellos. Una vez se volvió y les hizo un gesto de despedida... La noche se lo tragó junto con su secreto. Y así como nadie se preguntó cómo había llegado allí, tampoco se preguntaron por qué había desaparecido. A final de cuentas, sólo era uno más.
PLANEANDO EL DÍA
Estaba amaneciendo. Una tenue claridad empezaba a entrar por la ventana sin cortinas. A Rafael le gustaba así, ara poder ver el cielo al dormir y al despertar. Esa visión -no importaba si estaba nublado- siempre le levantaba el espíritu. Entreabrió los ojos y bostezó, estiró los brazos, se masajeó la cabeza y esbozó una sonrisa. Pestañeó para aclararse la visión y distinguió las últimas estrellas en el cielo de acero... Iba a ser un buen día. Era feriado, entonces no tenía que ir a la universidad y podía salir a pasear, quedarse en el parque observando a la gente pasar, a los turistas sacándose fotos, a las chicas paseando con sus perros, podía ir a tomarse un helado, quien sabe encontrarse con algún amigo... ¡Eso! Podía llamar al Gonzalo para que más tarde fueran a jugar basquetbol en la cancha del club. Le encantaba competir con él y ganarle porque así lo hacía pagar el almuerzo. En la tarde podía dedicarse un poco al proyecto del edificio comercial de la universidad y después ir al cine o visitar alguna exposición... Rafael sonrió de nuevo y silenciosamente agradeció por este nuevo día que empezaba, lleno de posibilidades... Entonces, se sentó en la cama, estiró el brazo y acercó la silla de ruedas.
EL CHUECO
Como no tenían recursos, cuando el médico les dijo que Julio había nacido con una malformación congénita en las piernas, sus padres se tragaron la pena, el susto y la frustración y se lo llevaron así mismo a la casa. No tenían cómo pagar esa cirugía que el médico les había sugerido, entonces, el Julito iba a tener que quedarse así no más, con las piernas chuecas, las rodillas juntas y los pies para adentro, casi arrastrándose para poder desplazarse. Daba congoja mirarlo esforzarse para no tropezar en sí mismo y llegar ileso a su destino, no importa lo cerca que fuera. Pero los primeros años vivía lleno de moretones y magulladuras y tenía que apoyarse en todo para poder caminar. En el colegio lo apodaron de "el chueco" y se reían a carcajadas viéndolo tratar de hacer algo en las clases de educación física. Pasaba más en el suelo o en las colchonetas y por su manera de estar en pie lo tapaban a tallas, porque parecía una moza con ganas de ir al baño... Pero él no se dejaba amedrentar y seguía adelante, cada vez más seguro y decidido. Encontró una forma de andar sin caerse ni apoyarse, aunque para ello gastaba un par de zapatillas al mes, ya que se movía, pero al hacerlo, arrastraba la punta de un pie y el costado del otro. Pero se movía, eso era lo que importaba. Esto lo volvía independiente, para orgullo y terror de sus padres. Cuando salió del colegio se puso a vender jugo de naranjas en una esquina para ayudar a pagar la universidad. Quería ser un empresario... Y así, se le veía todas las mañanas, todavía oscuro, empujando un carrito de mercado lleno de naranjas por la calle, corriendo de aquel modo tan gracioso y contrahecho, el sonido de sus pasos arrastrados resonando entre los edificios. Llegaba a su esquina, arreglaba todo y se pasaba el día exprimiendo naranjas y atendiendo gentilmente a los transeúntes, que ya empezaban a conocerlo. En la noche iba a la universidad, llegaba después de las doce, comía cualquier cosa y se iba a la cama para dormir su mezquino sueño y levantarse al alba para empezar todo de nuevo. Andaba siempre medio sudado por el esfuerzo que debía hacer para caminar sin perder el equilibrio, pero era cumplidor, leal, honesto, inteligente, creativo, el mejor alumno de su clase... Y todavía seguían llamándolo "el chueco"... No había cómo...
Hoy día, Julio dirige una empresa que fabrica embalajes de plástico, vive en una buena casa, en un buen barrio, está casado y tiene dos hijos. Nunca se hizo la famosa cirugía, a pesar de que ahora tenia plata para hacerlo. Se había acostumbrado a lo que era, al desafío de enfrentar el mundo cambiando lo que era realmente importante. Ya no le incomodaban sus piernas y podía comprarse varios pares de zapatos al mes. Y, fuera eso, había terminado por encariñarse con ese apodo que había ganado en el colegio, pues en vez de recordarle su malformación, le gritaba su éxito: "el chueco"-
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